Parte de salmón congelado. Usa siempre un trozo que hayas tenido congelado al menos 24 horas para evitar problemas con el anisakis.
Limpia el salmón manteniendo la piel y quita todas las espinas. Pasa los dedos por la pieza y, ayudándote de unas tijeras a modo de pinza, ve sacando las espinas poco a poco hasta que no quede ninguna.
Prepara el recipiente con una base del preparado. Pon una capa del preparado (que es básicamente sal, azúcar y eneldo) en el fondo.
Cubre el salmón por completo. Tápalo entero con el preparado, también por los laterales. Si usas un recipiente pequeño y queda apretado, abre huecos con un cuchillo o un tenedor para que no quede ninguna parte sin cubrir
Tapa y lleva a la nevera. Las instrucciones del preparado indican 24 horas; yo lo dejé 36 horas y quedó estupendo.
Saca el salmón (no te asustes por el aspecto). Soltará bastante líquido y quedará más rígido: es normal, la sal lo ha deshidratado y así se conserva mejor.
Lávalo bien bajo el grifo. Enjuágalo para que no quede ningún resto de sal.
Sécalo perfectamente. Ponlo sobre papel de cocina o servilletas y sécalo bien, sin que quede humedad ni restos de sal.
Consérvalo en aceite. Colócalo en un recipiente con aceite y guárdalo en la nevera. Así aguanta más tiempo.